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Estas líneas...

+ El drama que vive Guaymas

GUAYMAS, Son.- El “Puerto de puertos” que miró don Francisco de Ulloa una tarde de 1539, vive un drama por culpa de políticos no solo insensibles a las crecientes necesidades de la gente sino, contrariamente, egoístas y ambiciosos cuando se les coloca al frente de cargos públicos.

El pleito personal del alcalde Lorenzo De Cima con los señores Padilla, dueños de periódicos y radiodifusora entre otras empresas, lo paga Guaymas caminando hacia atrás y echando por tierra importantes pasos dados por otros representantes, cuestionados, sí, pero capaces de dejar algo que signifique progreso en un país en riña con ese término.

Tras el triste papel del trienio perredista, en 2000 el ejemplar productor rural Antonio Llano dejó su oficina en el emporio que da empleo a miles de trabajadores, para disputar la alcaldía por segunda vez. En 1982-85 hizo un trabajo reconocido por todos y valía la pena un nuevo intento, pero esta vez cayó ante Bernardino Cruz Rivas, un panista beneficiado con la “Ola Fox” que no se peleó con nadie pero no fue suficiente.

Por eso los guaymenses vieron en la fresca figura de Carlos “El bebo” Zataráin la solución al atraso y aunque el hoy alto funcionario federal enfrentó fuerzas poderosas, supo conducir su propósito, que siempre ha sido servir. El ejemplo prevalece para su calificación; cuando llegó la hora de dejar el mando, Antonio Astiazarán fue el beneficiario, pues la gente pensó que el PRI había entendido la lección y escogía lo mejor de sus filas.

Astiazarán repitió con creces el camino progresista de Zataráin y la secuencia a proyectos hicieron dar un salto a Guaymas, colocándolo en la plataforma del progreso.

Pero otra vez el PRI se equivocó en 2009 con Carlos Zaragoza, empresario que sabe hacer dinero pero se le dijo, no tenía simpatías ni en los muelles donde atraca sus barcos. Se impuso el PAN con el improvisado César Lizárraga, quien hizo exactamente lo esperado: nada. Corrijo: fue víctima de los coyotes de su partido y cometió errores financieros por culpa de ellos y, para Ripley, de los priístas que intentaba combatir.

En 2012, el PRI recurrió a su artillería pesada. Otto Claussen Iberri era la aplanadora que corregiría el desastre y sí, se impuso al empresario pesquero y socio de padrecistas, Manuel Aguilar. El problema fue que los 900 millones de pesos que presume Claussen haber invertido en obra pública, no se refleja. Los cerca de mil 800 millones de presupuesto y fondos adicionales captados habrían hecho mucho más.

Mucha obra ejecutada sí, pero los expertos sugieren que cada acción costó dos o tres veces más. Los políticos cínicos lo justifican afirmando que el representante puede robar, mientras deje algo, como dice el “Layín” nayarita.

Pero al afamado teutón se le pasó la mano. Pidió créditos bajo procedimientos típicos de la “mafia del poder”, parafraseando al tabasqueño aquel. Pagó comisiones indebidas y debidas, recibió dinero en tiempo y destiempo, en forma y ´desformas´, y cuando todo iba bien, su ambición por el “pastel” a repartir lo enfrentó a “cuellos blancos” empresariales y cuellos anchos políticos.

Mostró pantalones en la cena típica de “los que mandan” en una casa de playa en Miramar, al advertir que el PRI perdería con el candidato escogido, el para entonces desgastado oftalmólogo José Luis Marcos León Perea, quien planeaba terminar su trienio y tras largos años de “trabajo arduo”–fue dos veces diputado local y una federal--, retirarse a su tierra, un tranquilo pueblo de Hidalgo.

León Perea cometió dos errores: olvidar que “la política cuesta”, como pregonaba el simpático santanense Gildardo “El Flaco” Vázquez; y afirmar que “yo ya la hice” porque “el jefe ya me dijo que yo era”. El jefe, para cultura general, era Manlio Fabio Beltrones, quien captó el error de sostener esa candidatura cuando ya nada se podía hacer.

Aunque finalmente, solo se trataba de un municipio prescindible del proyecto priista, pues las inversiones grandes vendrían para Empalme como ya ocurre. Guaymas ya había sido saqueado por Otto y pensar en negocios con tal deuda era imposible.

Que ganara el Lorenzo De Cima del panismo padrecista era natural. Pero gente como Ernesto Munro no quiso dejar las cosas al azar y mandó la tropa de Seguridad Pública contra los priístas que fueron superados por mucho. Qué tristeza ver docenas de patrullas y cientos de agentes estatales amedrentando gente, e incluso cercando la sede de Seguridad Pública. Por eso muchos no salieron a votar. Por eso tan pocos votos.

Quienes ayudaron a De Cima están desencantados y le han retirado su apoyo. Mal augurio para el alcalde que vive obsesionado contra los Padilla de la comunicación, mientras el grupo, encabezado por Alejandro, se levanta tranquilo cada día a hacer sus labores en Guaymas, Empalme Hermosillo y no sé qué partes más.

No están, como De cima, pensando en cómo quitarse el pesado lastre, la suma de todos sus miedos. Se le ve, sí, con gente que hace negocios con el erario, y huelga mencionar la situación de violencia, inseguridad, insalubridad, oscuridad y basura que vive el Municipio. Y falta revisar las cuentas.

El alcalde suspendió la fiesta del pueblo el 15 de septiembre por hechos violentos en lo que murió una mujer y 6 personas más fueron heridas, pero dejó fijo –aunque llegó dos horas tarde— el evento de reflectores que era su informe. Hay quien afirma que no quiso exponerse esa noche “del grito”, al escrutinio de quienes lo verían desde la plaza de los Tres Presidentes, al alcance de un proyectil o gritos que sugerirían la falta de aprecio que ya le demuestra mucha gente, por lo mismo, restringió a piedra y lodo el acceso al auditorio Municipal.

Pero criticarlo implica enfrentar a un hombre con poder –maneja más de 600 millones de pesos en presupuesto y mil 500 empleados, un tercio de ellos sin obligación específica--, contestatario y que no le entiende al oficio.

Por eso el antecesor, el teutón a quien muchos ya veíamos tras las rejas junto con sus cómplices por la vileza cometida contra los dineros de Guaymas, hoy emerge como un héroe al responder certero y venenoso –“lo veo perturbado”, afirma--, a señalamientos de brújula descompuesta del sucesor, quien ya perdió la oportunidad de llamarlo a cuentas.

Otto ahora se promueve en redes sociales saludando gente, pescando en el maravilloso mar de Cortez o reunido con amigos y familiares en su preciosa mansión blanca en San Carlos sin horario definido, pues dicen que no tiene obligación --ni necesidad-- de trabajar.

Y Lorenzo sigue viviendo el infierno de no entenderle a esto y tratar de justificar un papel que, ya se confirma, le hará mucho daño al pueblo si dura tres años. Vive Guaymas, pues, un drama de veras.